Alimentación en los barcos del siglo XVII: desafíos y supervivencia
La alimentación en los barcos del siglo XVII era un aspecto crucial y, a menudo, problemático de las largas travesías transatlánticas. A través de documentos históricos, como los testamentos de cocineros que trabajaban en estas embarcaciones, podemos comprender las dificultades y los riesgos que enfrentaba la tripulación con respecto a la comida durante los extensos meses en alta mar.
Simón López, Diego Coudous y Diego Guarinelo, cocineros que vivieron entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, son ejemplos de estos héroes anónimos de la cocina marítima. Sus testamentos, rescatados del Archivo Provincial de Cádiz, revelan no solo su miedo a no sobrevivir a estos peligrosos viajes, sino también la complicada realidad de la alimentación en los barcos del siglo XVII.
Las travesías, que a veces duraban años, obligaban a las tripulaciones a subsistir con alimentos básicos y de larga duración. Entre los víveres más comunes se encontraban el bizcocho seco, carne salada, arroz y legumbres. Todo se conservaba en barriles, en condiciones que no siempre garantizaban la frescura. El bizcocho, por ejemplo, se enmohecía rápidamente debido a la humedad de las bodegas, mientras que el agua se corrompía en los barriles. Esta comida básica formaba la dieta principal de los marineros, mientras que los oficiales y pasajeros de alto rango tenían acceso a productos más frescos, como gallinas o carneros vivos, embarcados para consumo exclusivo de los más privilegiados.

El papel del cocinero en estos barcos era fundamental, ya que debía gestionar las raciones para la tripulación y asegurar que los alimentos no causaran intoxicaciones. La alimentación en los barcos del siglo XVII no solo se enfrentaba a los problemas de conservación, sino también a la escasez de nutrientes, lo que provocaba enfermedades como el escorbuto, debido a la falta de vitamina C.
El fuego, necesario para cocinar, estaba restringido a ciertas horas del día, ya que en las noches se evitaba para no ser detectados por enemigos. Como resultado, gran parte de la comida se servía fría. Entre las pocas recetas documentadas de la época destacan platos sencillos como la “menestra de chícharos con bacalao” o el “capón de galera”, un tipo de gazpacho con bizcocho y restos de anchoas.
Aunque poco se sabe del destino de cocineros como López, Coudous y Guarinelo, las historias de otros, como Sebastián Reyes y Francisco de Sotto, muestran que muchos no lograron sobrevivir a las duras condiciones. Sus testamentos, redactados apresuradamente en el Real Hospital de Cádiz, dan cuenta de la peligrosidad de estas travesías.
La alimentación en los barcos del siglo XVII era un verdadero desafío, donde el hambre, las enfermedades y la incertidumbre sobre el retorno a casa formaban parte del día a día de la vida a bordo. Los cocineros desempeñaban un papel heroico al mantener viva a la tripulación en medio de condiciones extremas, aunque, en muchos casos, esto les costaba la vida.
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